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miércoles, junio 15, 2011

Ese es el hombre


Cabizbajo, con los ojos que se queman
se deshace llegando a las orillas
incapaz de liberar esa lágrima
que alivie de inmediato las heridas 
abiertas que han dejado en su pecho
las batallas de una guerra sin nombre.

Bajo un estéril cielo se revuelca
sobre las flores nacidas silvestres
en tumbas olvidadas por el tiempo
manchando de grana esa cobija
que abarca al cielo y protege a los dioses
del fuego que se vierte cada ocaso.

La línea que dibuja lejanías 
se hace ancha y obliga a abandonar
equívocos caminos, falsas ideas
que quedaron colgadas del espacio
cuando creyó en las luchas genuinas 
luego de una falsa orquestación.

Ahora que ni el llanto es un recurso 
y la energía es precisa en la fragua
se asoman tormentas de rayo y trueno
vespertina advertencia en las nubes
luminoso telón que se abre entero
al bruno fondo hinchado en destellos.

Siendo bautizada, la guerra agranda
la visión de mañana y alivia
ese ardor que mortifica en los ojos 
cediendo a la urgencia de reflexionar
en lo perdido, acotar lo ganado
celebrar tumbas de flores manchadas.

Solo, cansado, preso de una rabia
más dolorosa aún que las heridas 
se levanta sin quejas, suspirando 
sobre toda guerra, todos los muertos
las urgencias, la misma visión
y hace estigma al camino a su paso.

La alborada es del confín de la tierra
la inmensa extensión del firmamento
sobre el manto protector de los dioses
en ese grana que tiñe las flores
brotando de las heridas, secuelas
de la dirección a un punto falso. 

Levanta la cabeza, el gemido
retumba en la cóncava esfera sin luz
y sobre la inmensidad se repite
como latido fuerte que huyendo
de si mismo, se esconde de miedos 
contra su enferma voluntad expuestos.

©Rufina
15 de junio 2011


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